GASPAR BECERRA

Exposición del Retablo Mayor de Astorga

Del 4 de Octubre al 4 de Noviembre

Con Alfons V el Magnanim, el reino de Aragón diseña una política mediterranánea que se materializa con la toma de Cerdeña y de Nápoles.

Alfonso establece su corte en Nápoles, dejando a su esposa María el cuidado del reino aragonés (Se cuenta que más bien huyó porque la reina era tan fea que verla espantaba). Esta circunstancia hace posible que el intercambio entre Aragón e Italia sea constante. Intercambio que se acentúa con la familia Borja al instalarse en Roma y dar dos Papas que se convirtieron en los mayores marchantes en España de los pintores italianos. Pero también los artistas aragoneses se aficionaron al turismo y no paraban de ir a Italia para, a su vuelta, mostrar diapositivas a sus amiguetes.

Y aunque Gaspar Becerra no era del Reino de Aragón, sino andaluz de pura cepa, apenas echó a andar ya manifestó su interés por turistear y ¡hale! llora que te llora a su papás porque quería ir a ver al Papa, que debía ser el máximo objeto del deseo de aquella época española.

 

Y el papá, cansado de tanto berreo del niño, se puso en contacto con un "tour operator" de los de rebajas en fin de semana, y le dijo al niño: "Anda, Gasparín, vete a Roma a besarle el anillo al Papa y a ver si te haces un hombre de provecho".

Dicho y hecho. Ya tenemos a Gasparín en Roma y dispuesto a no ser una carga para sus pasdres. Así que se pone a trabajar con Giorgio Vasari, pintor admirador de Miguel Angel y, después, con Danielle Ricciarelli, alias "El Volterra", admirador de Mieguel Angel y su discípulo más aventajado. A Volterra también se le conoce por "Il Braghetone" porque tuvo el honhorabilísimo honorable honor de caerle el encargo de ponerle bragas a las gloriosas sexualidades de los personajes de la Capilla Sixtina. Pero entre braga y braga Gasparín debió tener la oportunidad de ver, admirar, copiar... los esplendores carnales miguelangelescos.

Y seguro que Gasparín pensó: "¡Joder!. Me voy a España y haciendo cosas como éstas me forro, pues allí todos pintan Ecce Homos y Dolorosas"

Y no se lo pensó dos veces. Se vino. Pero en España el buen rey Felipe II prefería un buen brazo de Santa Teresa a un pecaminoso desnudo, así que Gasparín tuvo que dedicarse a la cosa religiosa si quería comer.

   

Y el primer encargo que le cayó fue hacer el retablo mayor de la catedral de Astorga.

Y Gasparín, que ya había crecido, pensó: "¿Y qué hago yo haciendo un retablo gótico? Yo lo que quiero es ser hombre de mi tiempo. Yo tengo que reflejar la realidad de hoy, los problemas de hoy, los gustos de hoy, la crisis de hoy, la huelga de hoy"...

   
Y sabedor de que un retablo era el mejor "mass media" de la época, que así lo había decidido el sacrosanto y nunca suficientemente alabado Concilio de Trento (que Monseñor Rouco y demás obispos españoles publiciten y practiquen durante muchos siglos), pues se dispuso a hacer el "comic" de la vida de Cristo y la Virgen María.

 

   
¡Eso, sí! Se dejó de zarandajas y abstracciones góticas y, por muy religioso que fuera el trabajito, empezó a meter carne voluptuosa en cada viñeta. Quedaba muchísimo mejor.

Pero como a la vuelta de la esquina estaban los alguaciles del Santo Oficio, (al que todavía no había llegado la caritativa tolerancia y displicencia del Papa Ratzinger, alias Benito XVI), Gaspar cubrió, por si acaso, las carnes con esplendorosos vestidos que con sus "descuidados" pliegues marcaban formas y "sacos de nueces" de tal forma que hacían soñar con lo que cubrían. ¿Que había debajo de tanto oropel?, se preguntaban los fieles mientras el cura celebraba misa.

Y Gaspar, contemmplando su tebeo acabado, se dijo: "Lo he hecho "a la maniera" de Migel Angel. ¡Dios, he introducido el "manierismo" en España!

Y quedó tan satisfecho. Y el Santísimo Oficio también quedó satisfecho. Y el buen rey Felipe II también quedó satisfecho. Tanto que, al ver lo atractiva que había quedado las Santísima Inquisición (la gozosa escultura de abajo), nombró a Gaspar pintor oficial del Rey. y su fama comenzó a crecer, a crecer, a crecer... y fue la mayor, sobrepasando incluso al tritísimo y acongojadísimo Alonso Berruguete